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Había olvidado ese lugar de Madrid en el que mimarte, y de pronto, ayer sábado se nos ocurrió citarnos allí con unos amigos:" El Templo de Debod"  La idea era llegar a las 6 de la tarde para pasear un rato bajo el solecito que por fin salía en Madrid después de días de nieves y fríos. Me extrañó, al llegar con el coche, la ausencia de un sitio donde aparcar en Rosales, ya que estaba todo lleno. No pudimos pues dejarlo hasta llegar al parking de la Plaza de Oriente. Desde allí fuimos andando y en el camino, el sol débil de febrero iba bajando, de tal forma que al llegar al Templo comenzaba la puesta de sol en ese momento. El espectáculo me dejó perpleja: Una enorme bola de fuego se iba alejando en el horizonte de las afueras de Madrid. Se iba en medio de la fuente final del templo que lo regaba y le hacía brillar aún más. El cielo al fondo comenzaba a oscurecerse reverberando la luz que se iba volviendo malva y a la izquierda brillaba, ya iluminada, la Catedral de La Almudena. Permanecimos de pie viendo el espectáculo entre toda esa gente que había ido allí a lo mismo: Grupos de jóvenes, parejas de todas las edades, familias con más o menos niños. La mayoría con cámaras de fotos, algunos profesionales incluso que llevaban esos cartones brillantes para poner al lado del objetivo... Me recordaba al Pont des Artistes de Paris, lugar también de encuentro calmado y variado.
Cuando el sol se hubo puesto totalmente, la gente empezó a aplaudir y, al igual que nosotros, continuaron allí, sin moverse, todavía media hora más charlando y riendo amigablemente, impregnados del baño de endorfinas que acababan de darse con esa contemplación gratis y hermosa.
¡No dejéis de daros este mimo!